Al principio está fría, pero es justo lo que necesitas. Sentir un frío más frío que el que tienes en la cabeza. Un frío al que al menos puedes vencer con tu propio calor corporal. Te tiras, esta vez sin pensarlo lo más mínimo. Y empiezas a nadar. Una patada, otra. Sigues, no puedes parar. Tras unos cuantos largos ya no notas el frío, e incluso la sangre que ha aflorado a la superficie de tu cara por el esfuerzo calienta las gotas de agua que se deslizan por ella. Y lo mejor, te sientes libre. Por un tiempo nada importa. Los problemas...se quedan en el fondo, mientras tú nadas rápido, dejándolos atrás. La realidad...allí se desvanece el mundo. Y te olvidas. Te olvidas de todo entre brazada y brazada.
miércoles, 26 de octubre de 2011
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